Reeditan la última novela de Miguel Delibes ‘El hereje’, un evangélico español ante la Inquisición en Valladolid

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Sábado 01 de Noviembre del 2008
Libros
España

MADRID, España (EFE/ACPress.net) Dice el periodista y teólogo José de Segovia, “¿Quién iba a imaginar que uno de los libros más leídos en España iba a ser una novela sobre la Reforma, escrita por uno de los más importantes autores españoles, y sobre un episodio como la existencia de un grupo evangélico protestante en Valladolid en pleno siglo XVI?” Esa es sin duda la principal razón por la que los evangélicos están agradecidos a un hombre como Miguel Delibes por escribir una obra como ‘El hereje’.

Hace trece años un asiduo a la tertulia que Miguel Delibes frecuentaba en Valladolid le enseñó un ensayo sobre los luteranos en esa ciudad. De esa “sorpresa” nació en 1998 “El hereje”, la última novela del escritor, que Destino relanza este martes con motivo del 10º aniversario de su publicación.

Además de ser un éxito de ventas, es de las pocas obras literarias que ha logrado sensibilizar y concienciar a la sociedad española de la terrible realidad que estaba tras la llamada “leyenda negra” de la Inquisición española en su labor de destrucción de todo lo que se relacionase con el “luteranismo”.

“Quizá la idea -que recrea la historia de un foco evangélico o protestante en el Valladolid del siglo XVI- nació de una sorpresa”, ha desvelado Delibes -de fe católica- en una reciente entrevista, en la que explicaba que la novela se gestó en una tertulia celebrada en Valladolid tres años antes de su publicación.

Un día de 1995, un tertuliano, abogado penalista, le enseñó un capítulo que Marcelino Menéndez y Pelayo le dedicaba en su “Historia de los heterodoxos españoles” al foco luterano de Valladolid.

Delibes, que cumplió el 17 de octubre 88 años, escribió la novela entre la primavera de aquel año y el 29 de septiembre de 1998, cuando se publicó, y la redactó en Sedano (Burgos), donde tiene una casa, y su domicilio de Valladolid.

“El hereje”, una de las novelas más largas, densas y complejas que Delibes ha escrito, supuso de alguna forma el arranque de lo que luego sería una prolífica veta: el relato histórico que, como él mismo dice, “ha criado bien”.

La que, según ha asegurado, es su última novela porque “el escritor se acabó hace diez años en el quirófano”, es la única dedicada íntegramente a la ciudad de Valladolid, en la que por primera vez la nombra de forma explícita, en una suerte de pago de cuentas desde el punto de vista afectivo y literario.

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Miguel Delibes mostrando su libro ‘El hereje’.

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“De vez en cuando hay que echar un pulso a los deseos” para acometer proyectos literarios de la envergadura de “El hereje”, afirmaba Delibes en la entrevista.

La novela contiene también alguna de las claves y constantes de su obra, ya que narra la vida de un perdedor, está ambientada en su ciudad natal, la historia no engulle a la ficción y fue escrita entre Valladolid y Sedano, los dos puntos cardinales de su autor.

Para su redacción empleó papel pautado de desecho procedente del rotativo “El Norte de Castilla”, en el que ingresó como caricaturista en 1941 y donde permaneció de forma activa hasta 1963, en que dimitió como director.

LA OPINIÓN DE JOSÉ DE SEGOVIA

Dice el periodista y teólogo José de Segovia, “¿Quién iba a imaginar que uno de los libros más leídos en España iba a ser una novela sobre la Reforma, escrita por uno de los más importantes autores españoles, y sobre un episodio tan poco conocido como la existencia de un grupo evangélico en Valladolid en pleno siglo XVI?” Esa es sin duda la principal razón por la que los evangélicos están agradecidos a un hombre como Miguel Delibes por escribir una obra como ‘El hereje’.

Aunque no es la primera vez que se hace una novela basada en estos sucesos históricos, esos otros libros los desconoce la mayor parte de la población española, y serían etiquetados hoy en día más bien como propaganda religiosa que como verdadera literatura.

La figura de ‘El hereje’ corresponde a un acomodado comerciante de pieles y lanas vallisoletano llamado Cipriano Salcedo. Nacido el Día de la Reforma, es atraído por la predicación del doctor Cazalla, recibiendo la fe evangélica y llegando a formar parte de uno de los primeros grupos evangélicos o protestantes que hubo en nuestro país. Todo esto en una España dominada por la Inquisición, sin libertad religiosa, y en que “la afición a la lectura ha llegado a ser tan sospechosa que el analfabetismo se hace deseable y honroso” (pág. 43). Es una criatura compleja, marcada por la orfandad, el maltrato paterno y su fracaso conyugal.

Lo curioso es que ‘El hereje’ es la primera incursión de Miguel Delibes en la novela histórica. La documentación que ha hecho Delibes para este libro es impresionante, así como el cuidado por el lenguaje y las costumbres de la época. Aunque hay que tener en cuenta que estamos ante una novela, por lo que su intención primordial no es reconstruir unos sucesos históricos, sino expresar inquietudes y sentimientos, proyectados en este caso sobre un personaje de ficción al que dedica la más extensa de sus obras.

EL LIBRO

Este libro está dedicado a Valladolid, que con Sevilla fue el principal foco de la Reforma en España. No sabemos exactamente su origen, ni cuál era su relación con el extranjero. Delibes empieza su libro con un supuesto viaje del protagonista, enviado por el doctor Cazalla a visitar a Melanchton, para conocer así de primera mano lo que estaba pasando en Alemania, pero no debemos olvidar que la capital castellana era en aquellos tiempos de Carlos V, residencia real. El grupo evangélico de Valladolid era de más elevada posición social e intelectual que en Sevilla. La fe evangélica aparece en un grupo de clase culta y rica de Castilla, entre gente perteneciente a la aristocracia, el alto clero y una ascendente burguesía. Familias enteras como los Cazalla o los Rojas son alcanzadas por el Evangelio, así como comunidades completas como la del convento de Belén en Valladolid.

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Libro ‘El hereje’.

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Según parece el movimiento en Valladolid y Zamora nace en la Rioja por medio de Don Carlos de Seso, caballero de Verona que tenía su residencia en el pueblo de Villamediana. Antes había sido corregidor en Toro y oficial del ejército imperial. Estaba casado con Isabel de Castilla, que era familia del obispo de Calahorra y del deán de Toledo, por lo que parece que estuvo en Trento, y oyó predicar sobre la justificación por la fe en Italia, aunque su nombre está siempre unido al de Agustín Cazalla.

Los Cazalla eran de origen judío. Agustín era hijo de un contador real de considerable fortuna. Su madre, Leonor de Vivero, reunía al grupo en su casa de Valladolid. Agustín era canónigo en Salamanca. Fue hecho capellán de Carlos V, y era conocido por su predicación, que a Cipriano Salcedo le gustaba escuchar en Valladolid. Viaja por Alemania y Flandes, mientras su hermano Pedro es cura en Pedrosa. Por él entra en contacto Cipriano con la comunidad evangélica. La narración que Pedro Cazalla le hace a Cipriano Salcedo de su contacto con Seso, y la entrevista que éste mantiene con Bartolomé Carranza sobre la existencia del purgatorio, viene del testimonio del propio párroco en su declaración ante la Inquisición en mayo de 1558.

Pedro Cazalla cuenta en el proceso como Don Carlos le dijo “que quien cree en Jesucristo recibe la vida eterna; que es imposible al pecador salvarse a sí mismo y que debemos aceptar la pasión y muerte de Cristo como don del Padre mediante la fe, como ocurridas para nosotros; y además, que las buenas obras cristianas deben ser el fruto de una fe viva”. El párroco le dice al Tribunal: “Yo acepté esta doctrina, porque me hizo amar a Dios y confiar en él, y al mismo tiempo no me hizo olvidar el bien, sino más bien buscarlo”. Y así también acepta Cipriano Salcedo ”que el sacrificio de Cristo tiene mayor valor para redimirme que mis buenas obras por desprendidas que sean” (pág. 27).

El personaje de Delibes aparece fascinado en la comunidad por la belleza de Ana Enríquez, que la relación del auto de fe llama “moza hermosa”. El historiador Llorente dice que había leído a Juan Calvino y Ponce de la Fuente, aunque no tenía más que 23 años. Era hija de un marqués, que convierte ‘El Hereje’ en el último amor de Cipriano Salcedo, aunque su nodriza reaparezca en un curioso apéndice a modo de declaración inquisitorial al final del libro. La historia sentimental del personaje se cierra así en un circulo que no es en definitiva más que una manifestación de la radical soledad humana.

A las reuniones asistía también un joyero llamado Juan García. Su esposa observa sus salidas por la noche, siguiéndole un día, y delatando al grupo a la Inquisición. Su propio marido va a morir así en uno de los autos de fe que se hicieron contra esta comunidad en 1559, después de que el inquisidor Fernando de Valdés mandará apresar a todos ellos. Carlos V estaba en Yuste cuando recibió la noticia. Escribió a su hija, la regente Juana, para instar a un castigo ejemplar, y lo mismo pidió a su hijo Felipe II, al que tampoco faltó voluntad para acabar con la herejía.

El primer auto de fe en la Plaza Mayor de Valladolid fue el 21 de mayo y el segundo el 8 de octubre, pero el autor ha fusionado los dos en uno, ya que condenados del de octubre son ejecutados aquí en el de mayo, mezclando los personajes reales con sus caracteres de ficción. Lo que nos lleva al tema de los errores…

ERRORES

A pesar del riguroso trabajo de documentación que ha hecho Miguel Delibes, a lo largo de los tres años que tardó en escribir esta obra, el libro contiene algunos errores. Es cierto que no es el autor el único que exagera las diferencias entre Lutero y Calvino (págs. 32-33), pero subyace siempre la idea de un prejuicio antievangélico que no ve en la Reforma sino división y sectarismo. Hay también ciertos anacronismos, ya que es difícil de imaginar cómo en la casa de los Cazalla podía haber un retrato de Lutero en el despacho (pág. 317).

Todavía más extraña es la descripción de esa sala como un templo, ¡con una llamita incluso brillando en el sagrario!. Cipriano Salcedo parece creer en “la presencia real de Cristo” en la eucaristía de una forma tan tangible que “incluso una vez creyó verlo a su lado” (pág. 318), cuando según la declaración de Francisca de Zuñiga a la Inquisición “en esto de la Comunión no estaba Christo”, así que por muy luteranos que fueran en su idea de consustanciación difícilmente podían tener un misticismo tan sacramental.

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La Inquisición católica quemaba en la hoguera a
los ‘herejes’ evangélicos en los llamados autos de fe.

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El reconocido catolicismo del escritor, invocado en la cita papal que figura al frente del libro, parece inseparable de su discurso narrativo. No porque sea una novela católica, que no lo es, sino por su inevitable ámbito de referencia. Aunque el católico Miguel Delibes se acerca con piedad y respeto a unos personajes dispuestos a vivir su fe con pureza y fraternidad, por lo que es su libro es al mismo tiempo una severa acusación a un catolicismo tridentino. Se trata en realidad de una defensa de la libertad de conciencia, por encima de cualquier inquietud religiosa.

El principal problema del libro radica sin embargo en su relato del auto de fe. En la prisión, los miembros de la congregación acaban por delatarse unos a otros, al ser sometidos a presión y tortura, pero no el personaje de Miguel Delibes, que mantiene con insólita gallardía sus convicciones y lealtad, reflexionando amargamente: “¿Qué había quedado de aquella soñada hermandad? ¿Existía realmente la fraternidad en algún lugar del mundo? ¿Quién de entre tantos había seguido siendo su hermano en el momento de la tribulación? (pág. 487). Es el terrible lamento por una comunidad quebrantada, no por el Señor que han negado…

La realidad de hecho fue bastante diferente. No sólo el personaje de Miguel Delibes fue decidido al martirio. El abogado de Toro, Antonio Herrezuelo, quedó sin retractarse, siendo quemado vivo. Su mujer, Leonor de Cisneros, se salvó de la hoguera al retractarse, pero volvió a hacer profesión de fe, siendo condenada en un auto de fe el 28 de septiembre de 1568. Así que aunque es cierto que algunos negaron de forma ostensible su fe, así como los demás que recibieron el favor del garrote por su confesión en el tormento, los autos fueron sin embargo un testimonio de fe.

El segundo auto del 8 de octubre de 1559 Carlos de Seso tampoco abjuró de su fe, tras ser apresado cuando estaba camino de Francia con Fray Domingo de Rojas con un salvoconducto navarro que llevó al propio alcalde de Logroño a ser detenido por complicidad en su huida. De Seso se mantuvo firme en una profesión que reafirmó además en un texto escrito por su propia mano el día antes del auto de fe, con la entereza que demostró hasta exclamar atado en la hoguera: “Si yo tuviera tiempo, veríais cómo demostraba que os condenáis los que no me imitáis; encended esa hoguera cuanto antes para morir en ella”. ¡Más conocidas son las palabras que le dijo Felipe II: “Yo mismo traería la leña para quemar a mi hijo, si él fuera tan perverso como vos”!.

De Rojas es cierto que hizo declaraciones contradictorias, por lo que fue condenado a tormento, y en el potro rogó que le mataran para escapar de la tortura, diciendo lo que sabía y pidiendo reconciliación con penitencia. Pero una vez condenado a relajación, se volvió atrás y no quiso confesarse, dando en el último momento testimonio de su fe. Estando en el patíbulo pidió hablar al rey, y cuando se pensaba que iba a abjurar de sus errores, exclamó: “Aunque soy considerado por todos los presentes como un hereje, yo confieso que creo en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en la pasión y muerte de Cristo, suficiente para salvar al mundo entero; y en esta fe espero ser hecho salvo”. Por lo que inmediatamente fue amordazado…

Al criado Juan Sánchez le arrestaron en Flandes con otro fugitivo de Sevilla. Ya quemándose, se soltaron las ligaduras cuando saltó del fuego y los frailes buscaron una última confesión. Al ver a De Seso firme, se arrepintió de su flaqueza y se arrojó de nuevo a las llamas con decisión. La madre de los Cazalla había ya muerto, siendo su cuerpo desenterrado de su tumba en el convento de San Benito, para ser quemado en cadáver, así como el de una de las monjas que se abrió la garganta con unas tijeras en prisión, muriendo “sin arrepentimiento y sin querer confesarse”…

Muñecos ocupaban el lugar de aquellos que habían muerto antes de los autos de fe, y eran quemados en efigie. A esta escena brutal, nos recuerda Delibes en una entrevista, “vinieron veinte mil personas gozosas a pasar un día de campo”. La casa de las reuniones fue derribada, y en su lugar se levantó un monumento de mármol, después de rociar el solar con sal. Los franceses lo demolieron en 1809, pero lo volvieron a reconstruir en el 14, para desaparecer finalmente con el gobierno liberal del 21. Era la calle del Doctor Cazalla que Franco convirtió en Héroes de Teruel.

Menéndez Pelayo al dar cuenta de estos procesos, concluye: “La memoria de estos hechos ha quedado tan viva en el pueblo de Valladolid que apena hay quien ignore, a lo menos en términos generales, esta lamentable historia”. ¡Palabras nada desdeñables en tan acendrado defensor de la ortodoxia como era Don Marcelino! Pero la realidad es que esta historia estaba ya olvidada, y ha hecho falta que venga alguien como Miguel Delibes a recordar a los españoles en estos tiempos de ecumenismo, que aquello que llaman ortodoxia no es a veces más que herejía, y que el hereje no es a veces otra cosa que un paladín de la ortodoxia.

MÁS INFORMACIÓN:

Lea la biografía del Dr. Agustín Cazalla en el siguiente enlace web:

Biografía de Agustín Cazalla

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